Cuando una corriente eléctrica pone a girar
una turbina, o un poco de gasolina explota y produce movimiento en el pistón de
un motor, estamos frente a un fenómeno
sorprendente. Es el paso de una forma de energía que está completamente oculta
de nuestros sentidos a un estado que permite el movimiento de objetos tan cotidianos como un ventilador o el
autobús. Un ejemplo más cercano nos
sucede diariamente cuando utilizamos la energía química almacenada en los
alimentos para mantener latiendo nuestro corazón, respirando a nuestros
pulmones, o pensando a nuestro cerebro. Todos habremos escuchado que un
desayuno rico en carbohidratos es bueno para comenzar el día con energía y que si queremos bajar de peso necesitamos
hacer mayor actividad física para “quemar” grasa. Visto de esta manera, el
cuerpo humano aparece como una gran máquina que necesita combustible para funcionar.
Pero si somos como una máquina y el alimento es nuestro combustible ¿Dónde
están nuestras turbinas? Martin Karplus,
premio Nobel de química de este año, ha trabajado en la comprensión de este
fenómeno, siguiendo la línea de los pioneros John Walker y Paul Boyer quienes lo obtuvieron el año 1997. En este artículo, entenderemos como un motor molecular
contribuye a utilizar la energía que proviene de nuestros alimentos.
Cada vez que las células de
nuestro cuerpo orquestan algún tipo de movimiento, muchas procesos moleculares suceden,
pero todos ellos tienen en común la
necesidad de ATP o adenosin trifosfato. La disponibilidad de ATP dentro de la célula
es esencial y cuando éste se acaba equivale a quedarse “sin combustible”,
produciéndose la muerte celular. En todo nuestro cuerpo hay en total alrededor de
50 gramos de ATP, pero se está constantemente produciendo y gastando a un ritmo
extremadamente alto. Tan alto que en un solo día nuestro cuerpo reutiliza
tantas moléculas de ATP que si las pesáramos equivaldrían a cerca de ¡180 kg! Por
ello, buena parte de los alimentos que ingerimos se utilizan para aportar la
energía que permita sostener una adecuada cantidad de ATP dentro de las células.
De hecho, el llamado “rigor mortis” de los cuerpos después de la muerte se
explica porque los músculos no pueden relajarse si carecen de ATP.
Para entender porqué el ATP es importante debemos mirar su naturaleza química. Es una molécula que posee tres grupos fosfato (P), de carga negativa, donde el último de ellos resulta fácil de transferir y enlazar a otras estructuras ( figura 1). Por otro lado, el ATP es fácilmente hidrolizable lo que quiere decir que un grupo fosfato se libera y el ATP se transforma en ADP (Adenosin difosfato) más un grupo fosfato libre (Pi) y energía. Muchas reacciones fundamentales de la célula necesitan acoplarse a esta hidrólisis para utilizar esta energía ya que de otro modo no podrían suceder. Cuando hablamos de enlazar o transferir grupos fosfato a una estructura celular es fundamental tener en cuenta que son moléculas cargadas eléctricamente. Si recordamos la simple regla de que cargas iguales se repelen y cargas opuestas se atraen, entenderemos por qué no da lo mismo que un grupo fosfato esté o no esté presente.
Por ejemplo, imaginemos que para poder
mantener abierto un ascensor “pegáramos” dos grupos fosfato en cada puerta de
modo que al acercarse se repelan eléctricamente, entonces las puertas no se
cerrarán y el movimiento será en sentido opuesto (figura 2). A nivel molecular, este mismo tipo de regulación mediante
grupos fosfatos sucede fundamentalmente en las proteínas. Las proteínas son
cadenas largas de aminoácidos, unidos como las cuentas de un collar,
que adquieren estructura tridimensional
y flexible (como una madeja de lana, figura 3) Muchos de estos aminoácidos
poseen cargas eléctricas, de manera que la presencia o ausencia de grupos
fosfato puede cambiar radicalmente su estructura por atracción o repulsión de
cargas. Este proceso de transferencia de fosfatos es el que explica una amplia gama de acciones que van desde el desplazamiento de una pequeña
ameba, la apertura de un canal iónico, o la contracción muscular que nos
permite levantar un brazo.
Figura
3. Estructura tridimensional de la proteína estrella de este artículo: ATP sintetasa
o
Bomba de ATP impulsada por protones. Se destaca el sitio de giro o rotor, las zonas de unión de ADP (adenosin difosfato) y Pi (fósforo inorgánico) para formar ATP y el canal (a) por donde fluyen los protones (H+). Fuente: Gao, Y.Q., Yang, W., and Karplus, M. (2005). A structure-based model for the synthesis and hydrolysis of ATP by F1-ATPase. Cell 123, 195-205. http://www.cell.com/abstract/S0092-8674(05)01024-X
Bomba de ATP impulsada por protones. Se destaca el sitio de giro o rotor, las zonas de unión de ADP (adenosin difosfato) y Pi (fósforo inorgánico) para formar ATP y el canal (a) por donde fluyen los protones (H+). Fuente: Gao, Y.Q., Yang, W., and Karplus, M. (2005). A structure-based model for the synthesis and hydrolysis of ATP by F1-ATPase. Cell 123, 195-205. http://www.cell.com/abstract/S0092-8674(05)01024-X
Ya dijimos que pasar de ATP a ADP es
relativamente sencillo, pero una vez que aquello sucede la energía química ya
se ha consumido y para seguir funcionando debemos generar nuevamente ATP.
Lograr esto no es gratis, pues debemos invertir energía para reunir nuevamente
los tres fosfatos en la misma molécula. Entonces ¿Cuál es la fuente de esta energía? Y ¿Cómo es posible sintetizar ATP?
Para simplificar la serie de
reacciones previas a la síntesis de ATP, veamos sólo dos ecuaciones que
describen procesos muy similares que ocurren fuera y dentro de los seres vivos.
La primera ecuación muestra la oxidación de un combustible (metano), dando paso
a dióxido de carbono (CO2), agua (H2O) más energía (figura 4). La oxidación
química, en simple, consiste agregar o enlazar oxígenos a una determinada
sustancia. Esto es lo que hacemos, por ejemplo, cuando freímos tocino,
aprovechando la reacción del gas con el oxígeno del aire para producir fuego y
calor en los quemadores. La siguiente ecuación muestra la reacción de oxidación
de la glucosa, un proceso que también se conoce como “respiración celular”. La
glucosa es un carbohidrato que constituye la fuente más directa de energía de
nuestras células. Podemos notar que en ambas reacciones los productos son
idénticos, con la diferencia de que en nuestro cuerpo la energía que se produce
genera ATP. Vemos que la misma energía
que hay en el universo termina siguiendo
distintos caminos, ya sea en la forma de calor en la leña de una fogata o
entregando movimiento a nuestro cuerpo gracias a los carbohidratos que
consumimos. En este sentido, no es una locura cuando hablamos de “quemar” grasa
mediante la actividad física. Pero si la glucosa entrega energía mediante su
oxidación ¿quién es el responsable directo de la formación de ATP?
En
los seres vivos, encontramos a lo menos tres formas distintas de sintetizar ATP.
En esta ocasión nos centraremos en una que es llamativa por su eficiencia y similitud con máquinas que nos son muy
familiares. Se trata de una proteína muy especial llamada bomba de ATP
impulsada por protones o ATP sintetasa, el cual es un motor molecular. Esta
bomba es muy similar a una rueda que aprovecha el flujo de agua de un rio para
poder girar. En este caso el “flujo de agua” lo forman pequeños átomos de
hidrógeno con carga positiva llamados protones (H+), los cuales se acumulan en
gran cantidad dentro de la membrana interna de un organelo llamado mitocondria.
Esta acumulación utiliza la energía que proviene del proceso de oxidación de la
glucosa que mencionamos más arriba. Luego
de acumularse, los protones tienden a escapar (pues al tener la misma carga se
repelen) y ésta salida es aprovechada por la bomba para poder girar y juntar el
ADP con un grupo fosfato libre (Pi), formando ATP. Cada giro del rotor de la
bomba requiere el paso de unos nueve protones, esto sucede rotando a cerca de
200 revoluciones por minuto, tiempo en el que se producen alrededor de 600
moléculas de ATP. El siguiente link contiene imágenes muy ilustrativas de este
proceso http://www.mrc-mbu.cam.ac.uk/research/atp-synthase Posteriormente, nuevos ciclos de consumo de glucosa van entregar la energía
suficiente para devolver los protones que migraron, acumularlos y seguir
sintetizando ATP.
Otra característica de esta máquina es que su eje de rotación es sencillamente espectacular, produciendo un roce estructural muy bajo que casi no desperdicia energía útil en forma de calor. Por ello, está muy cerca de ser una “máquina ideal”. Nadie ha logrado hacer semejante máquina termodinámicamente perfecta, excepto Lisa Simpson https://www.youtube.com/watch?v=tQ9o5Fvrw_8
Otra característica de esta máquina es que su eje de rotación es sencillamente espectacular, produciendo un roce estructural muy bajo que casi no desperdicia energía útil en forma de calor. Por ello, está muy cerca de ser una “máquina ideal”. Nadie ha logrado hacer semejante máquina termodinámicamente perfecta, excepto Lisa Simpson https://www.youtube.com/watch?v=tQ9o5Fvrw_8
Figura 5. Síntesis de ATP en la membrana interna de la mitocondria. La acumulación de protones en esta cavidad permite que luego salgan "disparados" hacia el exterior, haciendo rotar el eje de la bomba de protones para que pueda formar ATP a partir de ADP y un fosfato libre (Pi). Fuente: Google images, (modificada)
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